Acelerar
Quería llevarse esa última sensación, la brisa
acariciando su cara y luego, al acelerar, tocarla casi con violencia. Entonces,
se imaginó en la carretera, sin un destino fijo. La vía y un punto a lo lejos
en el horizonte. Si sólo pudiera levantarse… Salir de esas cuatro paredes que
son su mundo ahora y correr sin rumbo por todas las calles que un día fueron
suyas.
Cerró los ojos intentando pensar en cosas
agradables, en momentos de placer. Poco a poco el silencio lo inundó todo.
Empezó a escuchar su propia respiración y a sentir los movimientos casi
apagados de su corazón. -No hay mucho tiempo,
Pensó.
Después, sobresaltado, como si regresara de un
largo viaje, miró al techo y a los lados,
--aun estoy aquí, el silencio es el mismo. Se dijo.
De repente, en su cabeza sonó la melodía de una
canción y la tarareó un poco. Todo se entremezcló: apareció una imagen de su
niñez, un fragmento de su libro favorito y luego, el rostro de alguien que ya
no le importó. Palabras de su mamá aparecieron de manera intermitente.
Algo extraño invadió su ser. ¿Miedo? Muchas
veces lo sintió y por eso no supo de qué se llenaba su alma. ¿Cómo será todo al
otro lado? –se preguntó.
Ahora, su camiseta recibe el viento y ondea por
los costados. Árboles otoñales aparecen
a lado y lado de la carretera. Un punto
en el horizonte. Acelera. El aparato ronronea y avanza. Ya no hay pasado. Sólo
el punto en el frente y el viento golpeando su cara.
Intentó abrir los ojos, pero ya no encontró
luz, ni brisa; no había carretera ni horizonte. No alcanzó a escuchar su
respiración.
Ignacio
Izquierdo
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